Cuento: Tosca

Maurizia Rugieri había aprendido a tocar el piano con su padre y a los diez años ya se encontraba ofreciendo recitales. A pesar de las alabanzas, Maurizia sorprendió a todos al exclamar su deseo de ser cantante. Su padre le contrató un maestro severo que no logró sofocar su deseo. Sin embargo su voz le cambio en la adolescencia de manera poco atractiva por lo que tuvo que cambiar de planes. Se casó de 19 años con Ezio Longo un arquitecto sin titulo que se había propuesto fundar un imperio de cemento y acero. La pareja pronto tuvo un hijo sin embargo Ezio sospechaba que una catástrofe acabaría con su felicidad. Dicha catástrofe no fue otra que un estudiante de medicina que se topó con Maurizia en el camión. Leonardo Gómez iba distraído mientras silbaba un fragmento de Tosca pues admiraba profundamente las artes del Bel Canto.

Pronto, Maurizia y Leonardo vivieron un amor casto representado en Carmen, Aída u alguna otra obra. Ella deseaba consumarlo más no tomaba la iniciativa. Él por su parte, respetaba la condición de esposa de su deseo.

Sus encuentros a bordo del tranvía, bien pudieron haberse eternizado de no ser por que algún ocioso le fue con la noticia a Ezio quien se vio de inmediato sorprendido por la nueva. Pronto, encontró a la feliz pareja y, luego de levantar y tirar en vilo a su rival, se llevó a su esposa para encerrarla y pedirle que entrara en razón. Ezio también le pidió tiempo y comprensión pero al ver resultados infecundos, le dio libertad para volver con su amado a condición de renunciar a ver a su hijo. Maurizia preparo sus cosas y se fue no sin despedirse de su hijo y de su demacrado esposo. Cuando llego al edificio donde vivía Leonardo, se encontró con que se había ido a un pueblo a ejercer su profesión. Se instaló y se dedicó a rastrearlo hasta dar con él. Su aventura la lleva a perder sus pertenencias y recorrer zonas que pusieron a prueba su temple y decisión. Cuando llegó con su amado, -en medio de la selva e instalado en un campamento- fue presentada como la esposa del doctor Gómez. Diez años después, la pareja era conocida como Mario y Tosca y por su dedicación a difundir las artes, en especial la opera, en aquellas recónditas regiones. Sus representaciones eran celebres por apasionadas. Pasaron algunos años más hasta que la muerte sorprendió al doctor. Todo mundo pensó que la viuda sería capaz de realizar algún trágico acto como los que había representado por lo que se turnaron para no dejarla sola.

Maurizia se sobrepuso a la perdida y mantuvo el legado de su amante en el recuerdo del pueblo.

Ese mismo año, la noticia de que se construiría una autopista recorrió el pueblo. Ezio Longo e hijo era el nombre de la empresa, al enterarse de esto, Maurizia se encerró en su cuarto con la esperanza de no encontrarse con su pasado. 28 años hacía de su partida y de no ver a su hijo. El peso de tal hecho termino por vencerla por lo que cogió un paraguas y salió en su encuentro. Los encontró en una taberna. A punto estuvo de acudir a ellos convencida de que el verdadero héroe de su vida fue siempre Ezio y su amor a toda prueba. Un jugueteo entre el padre y el hijo del cual ella se siente excluida, la regresa a las sombras y a su casa.

Cuento: Regalo para una novia

Fortunato II heredó el circo que su padre apenas pudo levantar del suelo. Sin embargo el vástago resultó hábil para los negocios; pronto, no sólo lo saco adelante sino que lo modernizó y llevó por extensas regiones con gran éxito.

El empresario se casó con una trapecista quien le dio un hijo: Horacio. Pronto la mujer tuvo deseos de independizarse por lo que no dudó en abandonar a esposo e hijo. Fortunato II volvió a contraer nupcias sólo para verse una vez más, sin mujer a su lado. Horacio creció con la sensación de haber sido dejado por madre y madrastra. Ya en plena madurez, Fortunato II volvió a casarse con una suiza quien no batalló mucho para convencerlo de dejar el circo y adoptar una vida tranquila en los Alpes. El joven Horacio quedó entonces al frente de la empresa.

Horacio había trabajado siempre en el circo, conocía el negocio y pronto amplió la visión del padre y del abuelo. Compro algunas arenas e invirtió en peleas de box y luchas. Aprendió a vivir con lujos y a conseguir siempre lo que quería. Desconfiado por naturaleza, rehuía el matrimonio y tiraba de loco a su abuelo Fortunato cuando éste le reclamaba heredero para la compañía.

Todo cambió el día que Horacio conoció a Patricia Zimmerman. Se encontraba en un restaurante cuando entró, del brazo de su marido, una judía cuarentona que lucía las joyas que su esposo vendía. Se enamoró de golpe y se dispuso a conquistarla a como de lugar. Empezó mandando flores cuya suerte fue invariablemente el bote de basura, después empezó a aparecerse en todo lugar que la fina dama frecuentara: cafés, opera, centros comerciales etc. La Sra. Zimmerman no hallo manera de hacerle entender a ese inconsciente que no siguiera perdiendo más el tiempo y el dinero pues una dama de su altura no se fijaría jamás en él. Pero Horacio no desistía al grado de que cierto día le mandó una costosa joya comprada en las tiendas del marido. La señora tuvo que regresar la joya a los remitentes antes rechazados. Horacio se sintió por primera vez defraudado y aunque rara vez recordaba al abuelo, pidió hablar con él por larga distancia. Luego de escuchar la desventura, el anciano Fortunato le sugirió a su nieto que le ofrezca a la dama en cuestión algo que no tenga. Un buen motivo para reírse. Al día siguiente, una joven llegó a la tienda del señor Zimmerman para devolver la joya que un día antes, había adquirido un tipo de lo más vulgar y petulante. Luego de narrarle una historia aprendida, la joven no solo pudo regresar la joya sino que consiguió una invitación a cenar de parte del dueño de la joyería.

A la siguiente semana, un ruborizado señor Zimmerman le avisó a la señora que marchaba a una subasta de joyas.

Sola y con un interminable dolor de cabeza, Patricia Zimmerman fue arrebatada de todo lo conocido, cuando acudió a investigar un ruido y se encontró con un breve pero intenso espectáculo circense y a Horacio en el centro de todo. La señora se rió y se lanzó en su encuentro