Cuento: Boca de sapo

Todo sucede en la región sur y a todo mundo le va mal. Hermelinda, es la mujer que a todos ofrece consuelo. Había escogido este oficio pues le gustaban casi todos los hombres en general y muchos en particular. Nadie salía decepcionado de sus abrazos y caricias. Los obreros y trabajadores la adoraban por su buen humor y buena disposición ya que a menudo, se le veía haciendo caldos de gallina o cosiendo calcetines. Todas las necesidades de aquellos hombres tristes y sin futuro se veían recompensadas por los cuidados y atenciones de Hermelinda quien además, se las ingeniaba para hacer del coito, una especie de juego infantil cuya variedad era capaz de deleitar hasta los gustos más extremos. Uno de esos juegos, conocido como el sapo –especie de rayuela- tenía como premio dos horas efectivas con Hermelinda. Como siempre, toda tranquilidad se ve amenazada con la aparición de un nuevo personaje: Pablo quien para sorpresa de todos, se gano las dos horas con Hermelinda en el juego del sapo. Muchos sospecharon que la anfitriona había ayudado de alguna manera al extranjero pues le había gustado desde un principio. Ante la algarabía y festejo de todos, Pablo y Hermelinda se adentraron en los aposentos de la segunda para salir no en dos horas sino hasta el día siguiente.

Pablo había llegado al sur motivado por los rumores de aquella mujer capaz de hacer feliz a cualquier hombre bajo cualquier circunstancia. Había decidido conocerla bajo cualquier precio y ahora se encontraba con ella. Convencido de que no valía la pena conocer tan estupenda mujer para luego dejarla, planeó la manera de quedarse con ella. Cuando la pareja salió, todos presenciaron como sin decir palabra, pero con una eterna sonrisa en Hermelinda, montaron a caballo y se alejaron de ahí. Varios juegos fueron instalados en el lugar para combatir el tedio de los trabajadores, juegos que nunca fueron usados.  

Cuento: Clarisa

Clarisa era una curandera que había nacido cuando aún no existía la luz eléctrica de modo que vivió  todos los avances científicos y alcanzó fama de santa luego de su muerte. Su capacidad de curandera asombraba a más de uno y su compasión hacía los pobres notoria, pues se desprendía de todas sus pertenencias al toparse con ellos. Vivía en un caserón ruinoso donde había existido su marido,  juez muerto 40 años atrás y de quien los ecos de su voz bien podría seguir escuchando Clarisa. La narradora nos cuenta que Clarisa y el juez tuvieron dos hijos cuyo evidente retraso no menguó su amor por ellos y sí en cambio, fue un factor para que el juez se aislara del mundo y se encerrara en un cuarto para siempre hasta su muerte.

Una noche, un asaltante visitó a la anciana quien, para sorpresa del hampón, no se dejó impresionar y antes aún, le ofreció todo el dinero que le quedaba y té y galletas para la noche. El ladrón y la anciana se hicieron amigos pues éste le platicó las desgracias que en ese momento pasaba y ella lo tranquilizó anotándolo en su lista de protegidos. Durante los siguientes años el ladrón mandó un regalo a su vieja protectora hasta su muerte.

Clarisa tenía todo tipo de amistades, de hecho conocía a gente de cierto poder a los que pedía ayuda para sus protegidos.

Pasado el tiempo –y a pesar de tener ya a su esposo aislado del mundo- Clarisa tuvo todavía otros dos hijos más que nacieron sin ningún problema y que ayudaron a la madre con sus dos primeros vástagos.

Pasados los años, Clarisa se las ingenió para mantener a sus cuatro hijos y además personas que dependían de ella. Ya anciana, se enteró que el Papa visitaba la ciudad, lo cual le inyectó nuevos bríos para ir a verlo en persona pues desconfiaba profundamente de la televisión. 

De regreso en casa, Clarisa le avisó a su esposo que estaba por morir a lo que el juez le repitió que no estaba para que lo molesten. Una mujer –la narradora- ayudó a Clarisa a esperar serena la muerte. Fue testigo de las interminables visitas que recibió la anciana –una de ellas el ladrón que convido a cenar- y testigo de la única confesión que hizo: se había negado a cumplir sus deberes conyugales. Fue la confesión que bastaba para que la narradora notara que un señor de alcurnia que venía a despedirse de ella, poseía los mismos gestos y porte que sus dos últimos hijos. Esa noche murió Clarisa.